(Si tiene sensibilidad religiosa, por favor no lea este texto)
(LO DIGO EN SERIO)
I
Dios está borracho. Esta noche hemos salido de parranda por Avenida Matta. Entre tanta virgen nos encontramos con la Candelaria fumándose un cuete con un grupito de punkies.
Me imaginaba que era un poco más alta, quizás era porque siempre la vi subida sobre un pedestal. Cerraba los ojitos como niña primeriza mientras aspiraba, contenía el aire mirando a Dios de reojo.
- A él nunca le ha gustado la marihuana, ni los punkies- le digo
Dios se caga de la risa en mi cara.
¿Quién eres debajo de tanto pelo?
La muchachita rockera cree que sabe algo, cree que la respetan y todo es porque Dios camina a un lado mientras van pateando botellas.
En Avenida Matta…
- Nunca creí que cargaría a Dios borracho sobre mis hombros- digo en la esquina, mientras el semáforo rojo tirita en mi pupila. Tengo que tomarle la chasca rubia para que no quede todo lleno de vómito.
- Te dije que no comieras sopaipillas en la calle-
- Errar es humano, perdonar es divino- me dice mientras le cuelga un pedazo de zapallo en los dientes delanteros.
Caminamos hasta llegar a los night club de Diez de julio. Dios siempre ha tenido, afición por las putas. Tienen un no sé qué que le llama a la compasión y la calentura.
- Si te vistes de María te la meto como si fuera el Spiritu Sancto
- Estoy cansada de tus blasfemias- me quejo antes de escupir sangre por la boca.
No es bueno cuando Dios se emborracha. Tiene esa obsesión por visitar barrios marginales. Se siente a gusto entre putas, maricas, cafiches y ladrones. Les sonríe como si ellos fueran su corte angelical.
Sus ángeles han caído en desgracia y él no se cansa de invitarlos a la casa a tomar un par de litros de sangría.
- Mejor nos vamos a dormir- me dice con los ojos desorbitados, marcando una cruz sobre mi frente
- Mañana es domingo. El día del Señor.
Las campanas de la Iglesiasuenan, un gato moribundo se atascó en el campanario.
II
Sigo convencida de que a Dios le gustan las putas. Hay algo de sagrado y religioso en el dulce acto de la transacción corporal.
El otro día encontré un par de medias rojas en el último cajón de la cómoda. Dios-transformista, juguetón y considerado con el menesteroso. ¿Cuál es la oración que debo entregarte cada noche?
Un bolero de puerto suena en mi cabeza mientras espero tu bendición nocturna. Aún me pica entre las piernas luego de que me pegaras las ladillas.
-Dios, déjate de andar con esas putas
-Tomad y bebed todos de él, porque este es el cáliz de mi sangre, sangre de la alianza nueva y eterna que será derramada en tu boca en conmemoración mía.
-Amén –se me atraganta el líquido viscoso en la garganta. El sabor agridulce me queda pegado y el olor intenso de tu sexo descuidado me perfora la piel.
-Ven, besa mis cabellos, hazme creer que soy tu puta sagrada
-Querida mía, aún no destilas almíbar, aún no pruebo el aceite que mana de tu sagrada rosa mística..
¿Sería que bebiste demasiado néctar sentado en las nubes del cielo?
Porque no puedo evitar recordarte como si fueras el aire helado que me rompe la piel. Sé que te encantan las putas, solo que aún no manejo su performática mirada.
Me subo la falda, me saco las pantaletas y me arreglo los senos para ver si con tanto apretón se me erectan los pezones.
-¿Por qué no vienes a probar el veneno que pusiste en el centro de mi vientre?
Vamos, aún puedes descartar la espada de fuego para caer con hambre sobre el cuerpo reventado de tanto deseo.
Cuando pierda mi senda, sabré encontrarte. Estarás sometido al constante flagelo de la cruz, vestido de escaras probarás el pecado para ahuyentar a todos los demonios que llevo dentro.
Y yo gritaré como gata en celo cada vez que los clavos penetren mi carne. Las muñecas y los talones sudarán la sangre que corre para besarte la boca, para bañarte de mi amor devoto.
Dios, estoy convencida que me has llamado a que cumpla los votos; seré tu concubina, tu doncella vejada más allá de la carne.
Sabré hacer lo que resta. Comerme las lágrimas y los insultos. Decirte que te amo y que santifico tu nombre cada vez que mis rodillas se pelan con el roce continuo del sagrario.
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